Didáctica y Danza

"Enseñar exige respeto a los saberes de los educandos,
Enseñar exige la corporización de las palabras,
Enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando,
Enseñar exige seguridad, capacidad profesional y generosidad,
Enseñar exige saber escuchar"
Paulo Freire

lunes, 20 de junio de 2011

¿Ecuación profesional?


100% Docente de danza =  60% Formación 40% Vocación

Fabiola M. García Gómez

¿Cuál es el quehacer del docente? La mayoría de nosotros suponemos  conocer cuál es la labor  del maestro. Se cree que enseñar implica estar frente a un grupo de individuos y exponer una serie de conocimientos, es decir, se presume que un maestro es el encargado de instruir.
Aquí viene entonces la siguiente  suposición  del maestro. Durante mucho tiempo se consideró  que un maestro poseía una serie de conocimientos a modo de compendio, sin embargo,  esta concepción se ha transformado a lo largo del tiempo, y no ahondaremos demasiado al respecto.
De estas dos suposiciones estableceremos que los conocimientos  que un docente posee y la manera en que los transmite son producto de su formación. Esta conjetura afirmaría un juicio universal eminentemente negativo: todos los maestros son formados para ser maestros, sin embargo,  un maestro puede ser alguien  a quién su deseo ávido de compartir lo que conoce  lo llevó a adoptar la docencia como profesión, tal argumento convierte nuestro primer juicio en una falacia.
¿Cuál es entonces el motor del maestro: su vocación o su formación? Esta pregunta no pretende poner bajo competencia a estos dos elementos sustanciales, pues un maestro se compone de una pizca de ambos. Sin embargo, esta pregunta nos orilla a considerar si alguno de estos elementos se debe ponderar.
Quien se forma en algo, lo hace porque tuvo una necesidad o inquietud por saber sobre ello, es decir, su vocación lo orillo a formarse como médico, poeta, ingeniero, etc. Dicho de otro modo, la vocación es esa inclinación hacia algo que nos inspira y dispone a actuar. 
La formación se refiere al proceso de adquisición de métodos o técnicas para educar a alguien en un campo particular. Confiere estrictamente a los requerimientos específicos para que se considere a alguien como experto en algo.
Si un individuo con vocación hacia la docencia se forma óptimamente como tal, seguramente tendrá un buen desempeño en su profesión. Su permanente sed de hacer lo que le gusta, lo llevaría a actuar día a día con las destrezas y habilidades de lo que conoce.
Una formación sólida debe garantizar la constante reflexión sobre lo que  se hace, promueve una continua autoevaluación para ejercer la profesión con relevante capacidad y aplicación del desempeño como maestro. Por su parte la vocación es  el firme sostén que pone en acción la enseñanza.
Sería absurdo que nos empeñáramos en  crear una fórmula exacta para ejercer el quehacer educativo, puesto que la docencia es una profesión que se transforma día a día y  para la cual no hay  ecuaciones ni recetas, pero si tuviera que establecer la proporción de los componentes del maestro que hemos analizado (formación y vocación), consideraría que  el rendimiento de un docente, debería sustentarse en  las siguientes cantidades 60% de formación y 40% de vocación.
Considero que el docente se debe caracterizar por su latente preocupación por lograr inferir en sus alumnos conocimientos que los ayuden en su vida. Una buena formación ayudaría entonces a facilitar esto, pues poseería los conocimientos de metodología, didáctica, y manejaría además la asignatura sobre la que está especializado.
La visión actual del maestro es integral, el buen maestro debe promover en sus alumnos un deseo por aprender,  además, debe brindarles recursos que le faciliten su vida. Más allá de ser un ejemplo a seguir, debe ser un guía que facilite la comprensión, asimilación y uso del conocimiento.
El oficio de saber conducir se hace más fácil cuándo se conoce cómo hacerlo, y se es consciente de las dificultades y demandas que se requieren para dar el 100 por ciento, la formación creo que ayuda a crear consciencia de esto y  da cuenta de la magnitud que implica ser responsable de la educación de un individuo.
No pretendo en ningún momento poner en versus estos dos elementos, hago hincapié en ello, para omitir las malas interpretaciones o ambigüedades que puedan surgir al respecto. Con esto, pretendo hacer una aproximación alquímica respecto a la formación de un docente. 
En base a mi experiencia, infiero que los fines de la educación se aproximan a estas cifras porcentuales, no niego ni crítico otras visiones. Pues mi formación como docente me ha permitido entender que dos más dos, no siempre resulta cuatro.
Considero pertinente abordar un aspecto real sobre un tipo de maestros particulares, con esto se pretende mostrar por qué la formación tiene un porcentaje mayor a la vocación. Hay maestros a los que su experiencia sobre una materia los orillo a dar clases, es decir, se formaron en una profesión diferente a la docencia y más tarde decidieron transferir eso que conocían. Podríamos decir que este tipo de maestros adquieren la profesión por puro empirismo e intuición. Esto no es precisamente malo, pues toman como referente maestros que ellos tuvieron y consideraron como buenos. A partir de sus experiencias  significativas de aprendizaje tratan de adoptar una postura que, a su entender, es la más funcional para enseñar.
Situaciones de esta índole nos orillan a reconsiderar si la formación es el elemento que mayor peso tiene en la docencia, sobre todo, porque en la vida académica esta situación resulta ser  recurrente.  Ante esto, discurro que este tipo de maestros logran ser buenos en el ámbito educativo puesto que si recurren a su experiencia como estudiantes y elijen adoptar una similar, es porque parámetros positivos y buenos referentes tienen de su formación.  
Abordemos ahora la cuestión sobre el maestro de danza. La visión sobre este arte,  sus usos y la forma en que se aprecia,  se ha transformado a lo largo de la historia.  La competición y el virtuosismo son dos grandes tabús y realidades que giran en torno a él. Por tal motivo, la reflexión sobre la educación dancística debe tratarse con sumo escrutinio, ya que  quién la aprende está siempre expuesto física y emocionalmente.
 Hacer del cuerpo un instrumento de comunicación, es una tarea difícil de encaminar pues se debe procurar que el alumno dé el máximo sin atentar contra su integridad.
La exigencia con la que están relacionados los maestros de danza, ha estado latente  durante mucho tiempo. La firmeza en la disciplina  suele convertirse en despotismo  y los maestros en su afán de ser exigentes con el rendimiento físico, implementan métodos autoritarios en la enseñanza que en ocasiones atentan contra el bienestar de los alumnos.
Considero que el docente de danza debe tener metas técnicas bien establecidas, y debe procurar  no  perder de vista que sus acciones repercuten en el alumno, para ello debe, como ya mencioné antes, estar en constante reflexión y revisar lo que su formación le aportó. Si fue buena, entonces debe procurar que sus alumnos obtengan de él experiencias mejores a las que él vivió, por el contrario, si se tuvieron experiencias  poco favorables en la formación, se debe evitar repetir estos patrones, dejándose llevar por la vocación.
Estas afirmaciones sobre el extremo del rigor disciplinario en danza, repercuten directamente sobre el desempeño del maestro, pues estas acciones muestran una carencia total del  la vocación hacia la docencia, además,  hechos de esta índole son una contradicción ante una buena formación y un atentado contra las bondades de la labor educativa y del arte mismo. Por este motivo, quienes estamos en proceso de ser docentes, debemos ser conscientes de que nuestra formación incide directamente en nuestro desempeño frente a los alumnos. Debemos realizar una revisión sobre las características de la población a la que nos enfrentamos, mirar a favor de que la danza, para hacer  de ella   un elemento de utilidad en su vida y no un mero adorno o hobbie sin trascendencia.  

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